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martes, 21 de enero de 2014

Descansar de Dios o descansar en Dios

“Los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Pero eran tantos los que iban y venían, que ni tiempo tenían para comer. Entonces Jesús les dijo: «Vengan, vamos a un lugar tranquilo para descansar a solas.»  Y él y los apóstoles se fueron en una barca a un lugar apartado”. Marcos 6, 30-31
Quizás estés disfrutando de unas merecidas vacaciones después de un año intenso de mucho trabajo. Quizás todavía estás en la oficina o en el puesto de la fábrica, soñando y planeando los días de descanso que se aproximan.
Hoy Jesús nos invita a hacer un alto en nuestra vida. Nos dice muy cerca del oído: “vamos a un lugar tranquilo para descansar a solas”. Nos invita a encontrarnos en su intimidad, nos invita a encontrarnos con Él. Nos invita a descansar en Dios.
Debemos descansar del ruido intenso. No traigas tus auriculares, deja tus oídos destapados para poder escuchar el silencio en el que Dios habla. No tengas miedo, no huyas del silencio. Muchas veces le tememos al silencio porque en él también nos escuchamos a nosotros mismo, y muchas veces huimos de nosotros mismos. Antes de escuchar a Dios, tendrás que escucharte. Una vez que te escuches, recién en ese momento tus voces se irán apagando y una suave briza te hablará del Padre que quiere abrazarte.
Tampoco traigas tu celular último modelo. No te das cuenta que también te distrae de las cosas importantes. Vives mirando a esa pantallita, que no te deja mirar hacia los costados y ver a tu familia, a tu gente, a tus amigos, a tus seres queridos. Cierra los ojos, aunque te ardan, aunque tengas miedo. Dios quiere encontrarse con nosotros, pero necesita de nuestra atención.
Ahora que tienes las manos libres, temblorosas e inquietas, ábrelas con las palmas hacia arriba. Nuestro cuerpo también debe disponerse al encuentro con Dios. Las manos abiertas deben ser el reflejo de nuestro corazón que se abre dispuesto a recibir al Espíritu que quiere renovarnos.
Busca un lugar cómodo, quizás cerca de las plantas, lejos  del ruido. Detente unos minutos. Escucha tu corazón. Este es el momento de decirle a Dios todo lo  que te pasa. No temas en decirle sobre la tristeza que te llena el alma por los planes que no salieron, por todos los fracasos que viviste, por todas las situaciones dolorosas que te llenaron de bronca, por los desencuentros que viviste con la gente que te ama, por las veces que te sentiste incomprendido, por las veces que te sentiste no querido, no escuchado, no amado. Mientras haces esto, pide también que el Espíritu Sano baje como un manantial de agua cristalina y recorra cada centímetro de tu vida  llevándose los momentos tristes. Y si tienen un nudo en la garganta, pídele que te libere de cualquier opresión que no te deja llorar, que no te deja expresar tus sentimientos. Entonces llora, llora de tristeza, llora por el dolor de las perdidas, llora por el dolor de las enfermedades, y también si quieres llora de la emoción, de la alegría de saberte escuchado por tu creador.
Cuando sientas el corazón liberado, entonces te darás cuenta que es el momento de agradecer, por todo lo vivido bueno o malo, por la familia, por el amor, por la salud, porque estás vivo, sí, vivo. Y si todo este tiempo te has sentido como si estuvieras muerto en vida, es tiempo que experimentes al Señor de la Vida.
Ven Espíritu Santo, necesito descansar. Me pesa tanto el cuerpo, pero mucho más el alma. Quiero descansar en tu presencia y poner a tus pies todas mis preocupaciones. Quiero sentir tu presencia que todo lo llena, que me ilumina y me llena de calor por dentro. Te entrego mi tiempo, mi espacio, mi vida, mi todo.
“Pero la gente que los vio partir adivinó hacia dónde iban. Así, la gente de todos los pueblos cercanos se fue a ese lugar, y llegó antes que Jesús y sus discípulos.” Marcos 6, 32
Y cuando hayas descansado recuerda que hay un mundo que espera ser sanado, hay una multitud que espera que le llevemos a Cristo.  Abre los ojos, dibuja una sonrisa de gratitud por haber sido amado y lánzate a la misión, lánzate a la alegría de la evangelización.

Andrés Obregón

domingo, 23 de septiembre de 2012

Un niño en medio nuestro


Esteban y Susana se casaron hace unos años. Sus vidas giraban en torno a sus trabajos, sus estudios y su relación. Los dos eran personas muy independientes, les gustaba viajar, hacer cosas, participar en eventos, se sentían libres. Pero a la vez tenían muchas ganas de tener un hijo, aunque la idea les provocaba muchos miedos, sobre todo tenían miedo a perder esa independencia de la que gozaban estando solo, esa libertad que se vería limitada al tener a un niño tan pequeño que les consumiría tiempo y dinero.
Pero el deseo por una nueva vida, el deseo de que su amor dé frutos fue más fuerte, y pronto Dios puso en medio de ellos, en medio de sus vidas,  un hijo. Aunque sabían que sus vidas ya no serían las mismas, aceptaron el desafío.


Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: "El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará". Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas. Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: "¿De qué hablaban en el camino?". Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: "El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos". Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: "El que recibe a uno de estos pequeños en mi Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe, no es a mí al que recibe, sino a Aquél que me ha enviado". Mc 9, 30-37

En la palabra de hoy, Jesús hace un gesto de mucha ternura. Toma un niño, lo pone en medio de todos y lo abraza. ¡Que gesto tan simple y tan profundo! En la palabra de hoy, Jesús nos invita a poner la mirada en los niños para que podamos aprender.
Hace poco con mi esposa hemos recibido a nuestra primer hija, se llama Ema. Dios la puso en medio nuestro. ¡Que frágil que es la vida! Esa es la primera enseñanza de Jesús. Aquel que quiera ser primero, antes debe aprender a cuidar la vida, a defender la fragilidad de los más débiles de los más vulnerables, de los más pobres. En estos días he escuchado y leído tantos comentarios llenos de odios acerca de las personas que tienen planes sociales, de aquellos que tienen planes de trabajos. Pero la pregunta es: ¿ellos tienen la culpa? ¿Ellos son los responsables de que en vez de un trabajo digno se les de un plan que los mantiene cautivos de los políticos de turno? ¿No deberíamos defenderlos porque ellos son los débiles que son usados, aprovechándose de sus necesidades más básicas?
Con la llegada de Ema, sentimos una gran alegría, pero también un gran desconcierto. No sabíamos muy bien qué hacer, cómo cuidarla, cómo tratarla, cómo acostarla. Era un mundo nuevo. La invitación era a no quedarnos solos, a pedir consejos, a buscar gente que nos acompañe en esta tarea. Como cristianos no podemos encarar nuestras tareas, nuestros apostolados como simples individuos, debemos trabajar juntos en comunidad. Hay muchos cristianos que no saben trabajar en grupo, cristianos que quieren hacer todo ellos solos. Debemos tener la humildad de decir: no lo sé todo, no puedo todo yo, necesito tu ayuda, necesito que estés a mi lado. Qué difícil pedir ayuda, porque nos creemos autosuficientes.
Y hablando de los niños, dicen que los únicos que dicen la verdad son los borrachos y los niños. A veces pensamos que ser humildes es menospreciarse, hacerse el pobrecito, pero nada más equivocado que esto. Ser humildes es decir la verdad, como la dicen los niños, que muchas veces no tienen filtros. Si pensamos que una persona es humilde porque dice: “yo no soy nada, no valgo para nada, yo no puedo”, eso no es ser humilde. Hay que decir la verdad: somos algo, valemos tanto que Cristo se entrego por nosotros, si nos proponemos una meta podemos alcanzarla. Eso es se humilde, saber reconocer verdaderamente lo que somos.
Cuando Ema tiene hambre llora, cuando quiere algo se hace entender, sabe reclamar incansablemente lo que desea. En ese sentido los cristianos debemos parecernos más a un niño, en reclamar sin cansarnos lo que corresponde, lo que es justo. En luchar sin cansarnos para mejorar el mundo en que vivimos.
Con la llegada de Ema nos dimos cuenta que hay momentos de grandes alegrías, pero también están esos momentos en que por ejemplo hay que cambiar los pañales, esos momentos en que se enferman, esos días en que lloran y uno no puede saber qué les duele. Debemos aprender como cristianos en que hay cosas que no nos va a gustar hacer, pero que debemos hacerlas igual. Debemos aceptar esos momentos de plenitud, pero también debemos aceptar esos momentos en que las cosas no andan bien. Pero es el amor el que nos tiene que mover, es el amor el que nos tiene que movilizar para seguir adelante.
Dice la palabra que los discípulos temían hacer preguntas. ¿Usted ha escuchado a algún niño que tema hacer una pregunta? La niñez es la etapa de la curiosidad, la etapa en donde se está descubriendo el mundo. Incluso son capaz de preguntar las cosas más difíciles, las cosas que más pudor nos causan a los adultos. Y sobre todos son capaces de preguntar aquellas cosas que nunca nos preguntamos porque están viendo el mundo por primera vez, y no se han acostumbrado a él. Como cristianos debemos saber hacernos preguntas, los discípulos no preguntaban porque no querían asumir lo que Cristo les estaba contando, no querían asumir que les esperaba el dolor y la muerte, por eso prefieren el silencio antes que ahondar en ese misterio tan profundo como es la resurrección. La actitud de Jesús es otra y él si es capaz de preguntar, los interroga diciéndoles:  “¿De qué hablaban en el camino?”
Si queremos ser los primeros, debemos comportarnos como niños. Un niño cree ciegamente en la palabra de sus padres, para ellos sus padres son como dioses. Así debemos debe ser nuestra fe en Dios. Cuando el niño crece se va desilusionando porque los padres no eran como los habíamos idealizados. Pero Dios nunca nos desilusiona, y si nos desilusionamos de Dios es porque en realidad teníamos una imagen equivocada acerca de él.
Si queremos ser los primero, debemos hacernos últimos. Esa es la invitación. Pongamos a un niño en medio de nuestras vidas, en nuestros corazones para poder aprender que significa ser humildes, que significa ser pequeños.
Cuando Ema duerme, trasmite una paz increíble. Esa paz debemos buscar los cristianos en nuestras vidas, esa es la paz que solamente nos da Dios. 

Andrés Nicolás Obregón

domingo, 22 de julio de 2012

Un lugar tranquilo


Se buscó un lugar tranquilo donde nada ni nadie lo molestará, buscó un lugar en donde pasar el resto de la vida sin sobre saltos, en donde no tuviera que preocuparse del mundo y sus problemas. Se lo merecía, había trabajado mucho para vivir en ese lugar de sueños. Allí, no había ni tele ni diario, por eso las noticias no lo alcanzaban, no tenía preocupaciones más que la de que pensar qué comer cada día. Se olvido de los suyos, de su familia y de sus vecinos, no quería saber nada de sus problemas, no quería que sus existencias le perturbaran la calma. Ahí estaba tranquilo, estaba en paz. Ya no tenía miedo a la inseguridad o a que lo asalten, podía dejar la puerta sin llave sin temor a que un  desconocido le hiciera daño. Y ahí se quedó a pasar el resto de su vida.

Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: "Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco". Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al verlos partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato. Mc 6, 30-34

Podemos dividir la lectura de hoy en dos temas: uno es el descanso, el otro es la misión. Jesús hoy nos invita a un lugar tranquilo a descansar un poco. La invitación es a estar con él, a hacer un alto en nuestra vida y retirarnos al desierto. Cuantos de nosotros necesitamos descansar en la presencia de Cristo. Cuantos de nosotros necesitamos encontrarnos cara a cara con el Señor de la vida, y aunque sea contemplarlo. Cuantos de nosotros  necesita ser sanado, venimos heridos, agobiados, necesitados de Jesús, necesitados de su presencia transformadora, necesitados de su amor.
El mundo nos vacía, nos quita todo lo que somos, nos deja sin nada, para después meternos todos sus productos, todas sus bebidas, todas sus comidas, todas cosas materiales. Con quita nuestra esencia, lo que somos, para vendernos una identidad que nos dicen que es mejor, que nos dicen que es perfecta, pero que no es nuestra. El mundo nos apura, el reloj nos corre. Vivimos apurados, vivimos cansados. Despertamos por la mañana pensando en la siesta. Siempre con sueño, siempre sin tiempo. No tenemos tiempo para nada, ni para nuestros amigos ni para nuestras familias. Nos venden el Facebook, para que nos conformemos por lo menos con un contacto virtual. Nos dan vacaciones para descansar, y nos organizan agendas con infinidades de tareas, nos entretienen, no quieren que pensemos, no quieren que nos encontremos con nosotros mismos. Pero cuántas personas se detienen a preguntar las cuestiones fundamentales de su vida, quienes son, para qué existen, cuál es el propósito de sus vidas, que quiere Dios de ellos. El mundo no quiere que pensemos porque si nos detuviéramos a pensar no compraríamos todas esas cosas que nos venden.
Hoy Jesús nos invita a descansar. Yo necesito descansar en Cristo, todos necesitamos descansar en Cristo. Necesitamos descargar todos los miedos: se ha dado cuenta de cuantos miedos tenemos en la vida, cuantos miedos nos paralizan. La sociedad misma nos mete miedo, para vendernos seguridad.
Hoy estamos invitados a descansar en la presencia de Cristo, a encontrarnos con su amor, a ser tocados por su paz, a ser llenados de su Espíritu.
Pero la lectura no termina ahí, cuando los apóstoles parten con Jesús, la gente lo sigue, la gente necesita de Jesús. El descanso parece imposible. Jesús se compadece de ellos porque estaban como ovejas sin pastor. Jesús nos invita a descansar, pero no nos invita a desentendernos de nuestros hermanos, no nos invita a olvidarnos de nuestros vecinos, de nuestra familia.
Hay mucha gente que participa en grupos de oraciones, allí encuentra paz, encuentra tranquilidad, encuentra sanación interior. Y cuando se sana, cuando se le soluciona de sus problemas, se olvida de los otros hermanos que estaban en el grupo, y vuelven a sus casas, vuelven a sus vidas. No piensan que los otros hermanos necesitan oración, necesitan de alguien que los escuche, no piensan que hay muchos necesitados de un hombro en donde llorar.
Es cierto que no podemos dar paz si no tenemos nosotros paz, no podemos dar tranquilidad si no tenemos tranquilidad, no podemos sanar a los demás si no estamos sanos nosotros primero. Pero muchos cuando consiguen todo esto inmediatamente se olvidan de todos los demás y se encierran a vivir su vida. Es como ese hombre que se fue a ese lugar tranquilo, se lo merecía, pero se había olvidado de todos los demás.
Si nos decimos cristianos, no podemos actuar de la misma forma. No podemos procurar encontrar un lugar tranquilo en donde pasar la vida. El cristiano debe saber equilibrar, balancear esos dos momentos, el momento del descanso y el momento de la misión.
Hay personas que se confunden, piensan que la iglesia tiene que ser ese lugar tranquilo en donde pasar la vida. Y muchos se encierran en la iglesia, pero con un propósito mediocre, con un propósito pobre, que es estar bien ellos solos. Y nos olvidamos de los demás, nos olvidamos de los pobre, nos olvidamos de los enfermos, nos olvidamos del resto. Cuantos están en la iglesia, y nunca invitan a nadie para participar en la misma, somos egoístas de las cosas de Dios, nos apropiamos de ellas. No somos pastores que salen a buscar a las ovejas dispersas. Nos contentamos con las poquitas que están en el corral.
La iglesia ofrece esa tentación, puede ser un lugar tranquilo en donde pasar la vida. Hay muchos jóvenes que entran en los seminarios para pasar una buena vida, para pasarla bien, para no tener problemas. Hay muchos pastores, que también están en la iglesia para pasarla bien. Pero el desafió es el de llenarnos de la presencia de Dios, y una vez que eso pase debemos, tenemos la obligación de no encerrarnos, tenemos la obligación de ocuparnos de los demás, de hacer una opción preferencial por los pobres, de jugarnos y reclamar por las injusticia, y llegado el caso dar la vida por los demás.
Estamos invitados a ser imagen de Cristo. Debemos tomarnos un tiempo para descansar, sin olvidarnos que hay mucho para hacer. La iglesia, el pueblo de Dios, no termina en las cuatros paredes silenciosas del templo. Descansemos, llenémonos del Espíritu de Dios y luego salgamos a la misión.

domingo, 15 de julio de 2012

La mudanza


Jesús llamó a los Doce y los envió de dos en dos, dándoles poder sobre los espíritus impuros. Y les ordenó que no llevaran para el camino más que un bastón; ni pan, ni provisiones, ni dinero; que fueran calzados con sandalias y que no tuvieran dos túnicas. Les dijo: "Permanezcan en la casa donde les den alojamiento hasta el momento de partir. Si no los reciben en un lugar y la gente no los escucha, al salir de allí, sacudan hasta el polvo de sus pies, en testimonio contra ellos". Entonces fueron a predicar, exhortando a la conversión; expulsaron a muchos demonios y sanaron a numerosos enfermos, ungiéndolos con óleo.  Mc 6, 7-13
Hace poco con mi esposa nos mudamos. Cuando empezamos a armar las cajas para la mudanza nos dimos cuenta de la cantidad de cosas que teníamos que empacar. Tomamos conciencia en ese momento también de todo lo que poseíamos, todos los bienes que teníamos. Ahora debíamos guardarlos en cajas. Pero no entraba todo. Era mucho, había que hacer una limpieza, había que dejar aquellas cosas que ya no utilizábamos. Cosas que habíamos guardado pensando que algún día la utilizaríamos.
Hoy la lectura parece estar hablándole a los misioneros, y por eso no nos damos por aludidos, por eso no le prestamos mucha atención sobre todo a lo que dice de los bienes materiales. Miramos para otro lado para que la lectura pase por nuestros costados. Pero si la palabra de Dios no toca nuestras entrañas y cuestiona nuestra vida, entonces a dejado de ser palabra viva. Por eso quiero llevar esta reflexión a lo cotidiano.
Se ha dado cuenta de todas las cosas que vamos acumulando en nuestras casas pensando que algún día lo utilizaremos, pensando que en el futuro le encontraremos alguna utilidad. Pero esto nunca pasa. Nunca nos ponemos a pensar que alguien, en ese momento, justo en ese momento tener eso que estamos guardando puede serle muy útil, puede serle muy necesario.
A veces le damos a las cosas tanto valor, más valor que a las personas mismas. Sobrevaloramos las cosas y desvalorizamos a las personas. Quizás tengamos un montón de zapatos, pero como cada uno tiene un valor especial porque me lo regaló menganito, o me lo compre para tal fiesta, entonces lo guardamos, atesorando cosas. No nos atrevemos a preguntarnos si esos zapatos no lucirán mejor que los pies de alguien necesitado, en vez de estar guardado en nuestros roperos.
En esta sociedad del consumo algunos guardan ropas, alimentos, calzados, y muchos mueren de frio, de hambre, de enfermedades que pudieran ser evitadas tan solo con un abrigo.
No estoy diciendo que ahora donemos todo lo que tenemos. Estoy diciendo que no acumulemos cosas en nuestras vidas por el solo hecho de acumular cuando hay personas que verdaderamente necesitan eso que estamos acumulando y que seguramente nosotros nunca lo necesitemos.  
También quiero llevarte a la reflexión de cuanto valor le estás dando a lo material. Si pensás que la felicidad depende exclusivamente de lo que tenés, entonces déjame decirte que algo anda mal en tu vida. Que las cosas materiales van y vienen.  Que la felicidad es mucho más que tener cosas.
La lectura de hoy nos está diciendo: vivan el espíritu evangélico de la pobreza. Esto quisiera yo resaltar esta mañana, sobre todo en esta sociedad en donde abunda el egoísmo, la codicia, la envidia de bienes materiales. Se pelean los hombres por estas cosas. Cristo nos dice: déjenlas, preséntense al mundo con espíritu de pobreza.
Porque  nadie es tan libre como el que no está atado al dios dinero, y nadie es tan esclavo como el idólatra al dinero. Por eso, Cristo quiere romper las cadenas de esa idolatría y nos dice: no se preocupen, confíen en la Providencia que dará pan, dará vestido, dará lo necesario. Vayan a predicar el reino de Dios.
Ojo, no basta con no tener cosas. Hay gente pobre que también está atada a la codicia, llena de odio hacia aquellos que más tienen. Se necesita gente que no este preocupada tanto en atesorar, sino en trabajar por los demás, ayudar a los que necesitan.  Miren a su alrededor, cuánta gente preocupada por el precio del dólar, pensando estrategias para conseguir en algún lugar, sin poder dormir porque no les dejan comprar,  ¿Es eso vida?
Estamos llamados a ser pobres de espíritus, solo los pobres de espíritus saben saben que el dinero sí es útil, que no se puede vivir sin  él pero como medio, no como fin; como servidor del hombre, no para que el hombre le sirva a él. No esclavo del dinero sino señor del dinero. Sabe, el que es pobre con espíritu evangélico, mejor que el rico, usar el dinero; sabe el sentido económico de la vida mejor que el que está esclavizado al dios dinero.
Es decir, la riqueza es necesaria para el progreso de los pueblos, no lo vamos a negar; pero un progreso como el nuestro, condicionado a la explotación de tantos que no disfrutarán nunca los progresos de nuestra sociedad... no es pobreza evangélica. ¿De qué sirven hermosas carreteras y aeropuerto, hermosos edificios de grandes pisos si no están más que amasados con sangre de pobres que no los van a disfrutar? El que es verdaderamente libre en su interior, aunque sea el que promueve las carreteras y los edificios, le sabrá dar el verdadero sentido.
Hoy se habla mucho de la distribución de la riqueza, y todos estamos de acuerdo en esto cuando se trata de las riquezas de otros, cuando se trata de riquezas que no sean mias. Pero yo estoy dispuesto a compartir mis riquezas, por más poco que tengamos seguramente hay alguien que tiene menos.
¡Qué sabio es Jesús al decirle a los apóstoles: que vayan a evangelizar con la figura de un peregrino pobre! Y la Iglesia de hoy tiene que convertirse a ese mandato de Cristo. Ya no es tiempo de los grandes atuendos, de los grandes edificios inútiles, de las grandes pompas de nuestra Iglesia. Todo eso, tal vez, en otro tiempo tuvo su función y hay que seguírsela dando en función de la evangelización, servicio, pero, ahora, más que todo, la Iglesia tiene que presentarse pobre entre los pobres y pobre entre los ricos para evangelizar a pobres y ricos...
A veces no nos damos cuenta que acumulando somos causa de tropiezo y tentación para otros que menos tienen. No por eso vamos a empezar a sentirnos culpables, porque toda esta reflexión comenzó con una mudanza, sino que meditemos bien las cosas que estamos guardando, lo que atesoramos para utilizarlo algún día, y quizás ese día nunca llegue.
Pidamos al Espíritu que nos de el carisma de la pobreza espiritual.


Más información en: http://servicioskoinonia.org/romero/homilias/B/790715.htm

lunes, 9 de julio de 2012

No soy profeta


Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: "¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros?". Y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Por eso les dijo: "Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa". Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y él se asombraba de su falta de fe.  Mc 6, 1-6ª

Hoy esta reflexión está dedicada para mí. Si escucharon bien, para mí. Quizás piensen que me volví un egocéntrico, pero es para mí. Si alguno se siente identificado con lo que voy a decir, es pura coincidencia.
De esta lectura se desprende una frase que es muy conocida: “Nadie es profeta en su propia tierra”. Y yo siento que a veces me pasa lo mismo. Que todas las semanas me ponga a escribir esta reflexión, que pienso que les voy a decir esperando que les llegue, dando grandes mensajes para provocar algún cambio en sus vidas. Pero me doy cuenta, que el primero que tendría que cambiar soy yo. Que tengo que predicar con mi vida, con mi testimonio. Las palabras son importantes, pero si después de decir que hay que amar al prójimo, sigo siendo el mismo, entonces no sirve de nada todo lo que dije. Por eso me pregunté en todas esas  veces que no he sido profeta. No soy profeta cuando mi esposa me tiene que pedir miles de veces que limpie la casa, y yo me quedo viendo tele. No soy profeta cuando no les tengo paciencia a mis alumnos, cuando me preguntan mil veces las mismas cosas después de que las acabo de decir. No soy profeta cuando ignoro a los niños que piden monedas cuando estaciono en el semáforo. No soy profeta, cuando les digo a mis alumnos de catequesis que hay que confesarse, y yo doy vueltas para recurrir a este sacramento. No soy profeta cuando soy en el colectivo y me hago el dormido para no dar el asiento a los que los necesitan. Vuelvo a repetir, si usted se siente identificado es pura coincidencia. Hoy estoy hablando de mí. No soy profeta cuando llegó tarde al trabajo porque salgo tarde de casa, porque estaba viendo la compu, porque estaba chusmeando el Facebook. No soy profeta, cuando pongo el  pie en el acelerador, porque me dí cuenta que estaba llegando tarde. No soy profeta cuando no quiero colaborar en las tareas de la casa, sacar la basura, bañar al perro, cortar el pasto. No soy profeta cuando tengo que estudiar para los exámenes y encuentro diez mil excusas para no hacerlo.
No soy profeta cuando en vez de alentar a las personas les hecho en cara todo lo malo que hacen. No soy profeta cuando ando triste y cansado renegando de todas las tareas pastorales que hago. No soy profeta cuando me desanimo fácilmente, y no vuelvo a intentar. No soy profeta cuando retiro mil veces las mismas cosas sabiendo que ya no resultan. No soy profeta cuando no busco innovar para llegar con mi apostolado a más jóvenes. No soy profeta cuando escucho la música a todo volumen y no respeto a mis vecinos. No soy profeta cuando miento, por más pequeña que sea la mentira.
No soy profeta cuando no llamo a mis amigos esperando que me llamen ellos. No soy profeta cuando no saludo porque no me saludan. No soy profeta cuando enseño a mis alumnos a que diga por favor y gracias, y yo nunca los digo.
No soy profeta cuando en el trabajo o en la escuela soy siempre lo mínimo. No soy profeta cuando puedo esforzarme más, y me esfuerzo lo justo y necesario. No soy profeta cuando soy tan mediocre y me conformo con poco.
No soy profeta cuando pierdo el ánimo porque siempre cometo los mismos errores. No soy profeta cuando no dejo de cometer los mismos errores, porque siempre los cometo.  No soy profeta cuando pienso que ser santo es hablar así todo triste…
No soy profeta cuando juzgo a otros porque no son profetas, cuando me quejo porque los demás no dan testimonio, cuando pienso que los demás hacen las cosas para aparentar, cuando no me doy cuenta de que parezco mucho a aquellos que critico. No soy profeta cuando no dejo lugar a otros para que ellos también crezcan y quiero acaparar todo yo. Vuelvo a repetir, esta reflexión es para mí, pero si te sentís reflejado te invito a que te preguntes en qué actitudes diarias no sos profeta.
Me doy cuenta que es muy difícil ser profeta en nuestra propia tierra, en nuestra propia vida. Muchas veces espero que los demás cambien, que ellos mejoren. Pero yo soy el primero que debe cambiar. Si me cuesta tanto cambiarme a mi mismo, cómo espero lograr cambiar a los demás.
Pero la lectura de hoy vuelve a hacer hincapié sobre la fe. Contrasta la fe de la semana pasada que tenían Jairo que pedía por su hija, y la de la mujer con hemorragia, con la poca fe de los familiares y conocidos del pueblo de Jesús. También a él le costó ser profeta en su propia tierra, no por él sino por los demás, porque los demás estaban duros de corazón, no podían ver a dios en las pequeñas cosas, no podían ver a dios en lo cotidiano, no podían ver que Dios se manifestaba en sus hermanos.
Ser profeta significa hacer presente a dios en las cosas cotidianas, ahí en el día a día, en el trabajo, en la escuela, en la calle, con mi familia. Debemos tener en cuenta que solos no podemos cambiar, que necesitamos de Dios, por eso debemos tener fe, fe en que él nos puede cambiar, en que él nos puede hacer mejores profetas. Profetas que den testimonio con su vida de Dios.
Te pido que en algún momento del día pidas por mí, para que sea profeta en lo cotidiano. Y si te sentiste identificado con esta reflexión también pide por vos, para que te ayude a cambiar y ser cada día un verdadero profeta.

Andrés Obregón 

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