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domingo, 11 de enero de 2015

Mi hijo muy querido


Deseaba con toda el alma que su padre lo mirara, lo saludara, o le dijera algo. Pero siempre cuando llegaba del trabajo ni lo registraba, ni notaba su presencia, no le dirigía la palabra. Su padre al llegar simplemente encendía el televisor y desaparecía nuevamente. Su cuerpo estaba ahí, pero su mente estaba bien lejos de su hijo.
Deseaba alguna vez escuchar que lo amaba, que lo quería, que lo apreciaba. O tan solo con un abrazo, sentirse amado.

Juan Bautista predicaba, diciendo: Detrás de mí vendrá el que es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de ponerme a sus pies para desatar la correa de sus sandalias. Yo los he bautizado a ustedes con agua, pero él los bautizará con el Espíritu Santo”. En aquellos días, Jesús llegó desde Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu Santo descendía sobre él como una paloma; y una voz desde el cielo dijo: “Tú eres mi Hijo muy querido, en ti tengo puesta toda mi predilección”. Mc 1, 7-11

Dios no es un dios lejano, ni frío. Dios es un dios que muestra su ternura, que ama, porque simplemente es amor. Dios es Padre, un padre que ve a su pueblo, que escucha los gritos de dolor y que baja a salvarnos. Dios no es un padre ausente, ni un padre virtual. Dios es un padre siempre presente, desde el principio hasta el fin. Dios es un padre que acompaña, aún en la soledad del desierto.
Pero cuánto nos cuesta comprender que Dios nos ama. Cuánto nos cuesta entender que él está a nuestro lado. Nos cuesta abrir nuestro corazón al amor de Dios. Estamos heridos, heridos por relaciones paternas frías y distantes. Heridos por la falta de amor de nuestros padres, o nuestros seres queridos. Heridos por amores no correspondidos, heridos por el temor a amar y no ser amados. Heridos y paralizados. Es entonces que el Espíritu desciende sobre nuestra vida herida, sobre nuestros dolores y penas. Es entonces que el Espíritu baja como un río de agua viva, invitándonos a navegar en un mar de emociones. Es entonces que el Espíritu abre nuestros corazones de par en par, ventilando los pasillos de la memoria, quitando el polvo, empujándonos a la misión de amar a nuestros hermanos.
Jesús comienza su misión de la mejor manera. Jesús comienza su misión con el aliento del Padre, con las palabras del padre. Jesús se relaciona con Dios a través del amor. Dios se relaciona con Jesús a través del amor. La imagen del bautismo de Jesús, muestra a la trinidad en su esplendor. En este pasaje tan corto, encontramos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
“Este es mi hijo muy querido” le susurra Dios a Jesús. Pero no se lo dice solo a él. Se lo dice a cada uno de nosotros. Cada vez que caemos, nos dice: “Ánimo, ere mi hijo muy querido”. Cada vez que tenemos miedo, nos dice: “No temas, eres mi hijo muy querido. Cada vez que nos sentimos poco amados, nos repite: “Eres mi hijo muy amado”.
Ese es el modelo de Padre que tenemos que ser, ese es el modelo de hijo que tenemos que ser, ese es el modelo de sacerdote, pastor, maestros, gobernantes, jueces, policías.
Dios no ahorra su amor. No ahorremos nosotros nuestro amor, no dejemos de decirnos cuanto nos queremos, cuanto nos amamos, no dejemos de mirarnos a los ojos, no dejemos que la tecnología se interponga en nuestras realizaciones. No esperes que tu padre te diga te quiero, ve y díselo tú.

Dios no ahorra su amor, no ahorremos nosotros nuestro amor.

Andrés Nicolás Obregón

domingo, 12 de enero de 2014

365 oportunidades.



Pensó que comenzaría un nuevo año con novedades. Deseaba que ese año fuera distinto, diferente al anterior en el que no le había ido muy bien.  Publicó en su Facebook grandes frases inspiradoras. Pero con el correr de los días se dio cuenta que todo seguía igual, que nada había cambiado. Tenía que levantarse temprano, ver la cara de amargados de su jefe y compañeros de trabajos. Seguía aguantando el mal humor de la gente que solo hace reclamos. El colectivo seguí lleno como de costumbre y no dejaba de viajar apretada. La primera semana del nuevo año le pronosticaban un año igual a los anteriores.
Jesús fue desde Galilea hasta el Jordán y se presentó a Juan para ser bautizado por él. Juan se resistía, diciéndole: “Soy yo el que tiene necesidad de ser bautizado por ti, ¡y eres tú el que viene a mi encuentro!”. Pero Jesús le respondió: “Ahora déjame hacer esto, porque conviene que así cumplamos todo lo que es justo”. Y Juan se lo permitió. Apenas fue bautizado, Jesús salió del agua. En ese momento se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y dirigirse hacia él. Y se oyó una voz del cielo que decía: “Este es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección”.  Mt 3, 13-17

Con el correr de los días del nuevo año te darás cuenta que todo sigue igual si no te atreves a hacer cambios en tu vida. A menudo esperamos que las casos cambien, sin darnos cuenta que somos nosotros los primeros que tenemos que cambiar, sin darnos cuenta que es uno mismo el que tiene que cambiar primero.
Jesús comienza una nueva etapa de su vida. Imaginemos ese día. Esa mañana en la que se encaminó hacia el río Jordán. Seguramente se habrá levantado temprano orándole a su padre para que lo acompañara en el paso fundamental que estaba por dar. O a lo mejor, lo más probable es que haya pasado la noche en vela orando. Pero lo cierto es que no se quedó esperando que su vida cambiara de un día para otro, no se quedó esperando que Juan el Bautista viniera hacia él. Sino que se atrevió a ser el protagonista de su propia vida. Se atrevió a dar los cambios en su vida para que su vida fuera tomando sentido, para que su vida llegara a su plenitud.
El nuevo año trae 365 días, 365 oportunidades para que el mundo cambie, para que tu mundo cambie. No se trata de grandes proezas, si queres que las casas cambien empieza por no hacer siempre lo mismo. Como esperamos resultados distintos si siempre estamos encasillados en las mismas cosas, si siempre probamos lo mismo, si vivimos una vida repetitiva y monótona. El colectivo en el que viajas va a seguir lleno, pero un buen día al colectivero, un por favor, un gracias puede hacer la diferencia. A lo mejor te mire indiferente, a lo mejor ni te conteste. Pero vuelve a intentarlo al día siguiente, y el siguiente, y el siguiente.
El bautismo simboliza un nuevo comenzar. Un comenzar con un propósito firme se mejor persona, ser mejor cristiano, ser un buen hijo de Dios. Que nuestro padre celestial al vernos desde el cielo también diga: “Este es mi hijo muy querido”. Ten la certeza que ya lo está diciendo al verte, porque él puede ver el potencial que tenemos, porque él puede ver todo lo que podríamos lograr si nos atrevemos a ser diferentes.
Este año tiene que ser un año en el que salgamos de nosotros mismos, que salgamos de nuestras individualidades. Un año en el que salgamos al encuentro de nuestros hermanos. Como el encuentro entre Jesús y Juan el Bautista. Salgamos, sin pensar que somos mejores que los demás por eso, salgamos la calle nos espera.
Digamos hoy comienza un nuevo día y hagamos los cambios en nuestra vida para que así sea.

Pidamos a Dios su Espíritu, el espíritu renovador, el espíritu que hace nueva todas las cosas. Ya lo veremos descender con poder sobre cada uno de nosotros.
Andrés Nicolás Obregón

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