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lunes, 18 de julio de 2011

"La niña de tus ojos..."


Lucia se mira al espejo. Le cuesta reconocerse en ese reflejo. No le gusta lo que ve. Se siente fea, horrible y  despreciable a los ojos de los demás. No está conforme con su cuerpo. Siempre fue motivo de burla. No tiene amigas. Las lágrimas recorren su rostro. Llora una pena sin consuelo. No recuerda haber escuchado de sus padres frases como: “Te quiero”, “Sos hermosa”, “Sos lo mejor que nos pasó en la vida”.
Desearía no tener que salir más a la calle, desearía que la tierra la tragase, desearía ocultarse en un rincón y desvanecerse rápidamente.
Con sólo 14 años nunca se sintió amada. Necesita un gran abrazo, el abrazo que le demuestre que vale la pena estar viva.  

“Lo halló en una tierra desierta, en la soledad rugiente del desierto. Lo abrazó y lo protegió. Lo cuidó como a las niñas de sus ojos.” Deuteronomio 32, 24.

No vamos por la vida solos, Él nos acompaña. Nos libera del desierto en el que transformamos nuestra existencia, nos quiere abrazar y proteger. Nos quiere cuidar como a las niñas de sus ojos. Nos ama, y quiere que nos dejemos amar por él.
Si el mundo no te elige, si no pasás ningun casting de televisión, si nunca lográs ser una estrella de cine, no te preocupés, él ya te eligió. Si el mundo no te ama, y te devuelve con espina todo lo que hacés, no te preocupés, Él ya te amó.  
Somos obras de sus manos, somos el brillo de sus ojos, lo más preciado para Dios, somos aquello por lo que Jesús vino al mundo.

"Guárdame como a la niña de tus ojos; Escóndeme bajo la sombra de tus alas" Salmo 17:8

¡Quién nos enseñó que somos despreciables! ¡Quién nos metió en la cabeza que no valemos nada! Dios no hace basura, no lo olvides. Dios no hace basura, recuérdalo a cada instante.
En el relato de la creación del Génesis, cuando Dios crea el mundo, ante cada creación repite “Y vio que era bueno”. Pero cuando crea a la mujer y al varón dice: “Y vio que era muy bueno” Gn 1, 31. Somos lo muy bueno creado por Dios, sos lo muy bueno creado por Dios. No dejés que te digan lo contrario.
Hay personas resentidas y frustradas que no hacen más que transmitir sus frustraciones, que nunca pudieron alcanzar sus sueños y por eso no dejan que otros los alcancen. Nos encontraremos siempre con este tipo de personas, que trataran de borrarnos la sonrisa, que trataran de lastimarnos. A cada una de ellas debemos decirle que Dios las ama. Sólo así podremos empezar a cambiar al mundo.
Si sos padre, si tenes hijos, si estás junto a los jóvenes, no dejés de decirle lo importante que son, lo hermosos que son, lo valiosos que son para vos y en especial para Dios.
Dios quiere acobijarnos en su Amor, en sus brazos de Padre. Pidámosle que nos guarde siempre, que nos proteja como a la niña de sus ojos.

Andrés Obregón

domingo, 31 de octubre de 2010

Ven a Mi Casa

Blas está en la plaza. En frente hay una Iglesia. Siente un gran vacío en su corazón. Se siente sólo. Tiene muchos amigos, pero no puede hablar de lo que le pasa en su interior con ellos.
No se siente puro, ni santo. Se ve a sí mismo imperfecto y pecador. Tiene deseos de cambiar. Pero no se atreve a dar el paso. Una calle lo separa de la iglesia. Un abismo infranqueable de prejuicios y falsas enseñanzas lo alejan de Jesús. Sin embargo no deja de esperar, sabe que Jesús pronto va a pasar.
“Habiendo entrado Jesús en Jericó, pasaba por la ciudad. Y he aquí, un hombre llamado Zaqueo, que era un principal de los publicanos y era rico, procuraba ver quién era Jesús; pero no podía a causa de la multitud, porque era pequeño de estatura. Entonces corrió delante y subió a un árbol sicómoro para verle, pues había de pasar por allí. Cuando Jesús llegó a aquel lugar, alzando la vista le vio y le dijo: ‘Zaqueo, date prisa, desciende; porque hoy es necesario que me quede en tu casa’. Entonces él descendió aprisa y le recibió gozoso. Al ver esto, todos murmuraban diciendo que había entrado a alojarse en la casa de un hombre pecador. Entonces Zaqueo, puesto en pie, dijo al Señor: --He aquí, Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguno, se lo devuelvo cuadruplicado. Jesús le dijo: ‘Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham. Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido’.” Lucas 19, 1-10
Así como Blas, y como Zaqueo, muchos jóvenes esperan que Jesús pase por sus vidas, quieren conocer mejor a Jesús. Blas está paralizado, carga con muchos prejuicios que nosotros que estamos dentro de la iglesia nos ocupamos de alimentar. Muchas veces estamos más atentos en dar todos los requisitos que se necesitan para poder encontrarse con Jesús, que ponemos grandes barreras difíciles de a travesar. Muchas veces somos los primeros en hacer notar los defectos de la persona que viene necesitada de Dios, somos los primeros en hacer notar la “pequeñez y la imperfección del otro”. No está casado por iglesia, decimos, está juntado, aclaramos. Le gusta salir y tomar, nos asustamos. Es muy rápida, ha tenido muchos novios, recalcamos. No tiene todos los sacramentos…
No importa, no importa todo eso. No importa que no seas perfecto. A Jesús no le importó ni las limitaciones físicas de Zaqueo, ni las limitaciones morales. El maestro supo valorar la búsqueda sincera de aquel que era capaz de hasta hacer el ridículo subiéndose al árbol con tal de poder verlo. Hoy también Jesús se acerca hasta nosotros, y nos dice que quiere entrar en nuestra vida, que quiere llenar nuestros vacios. Hoy también nos dice: “es necesario que me quede en tu casa”.
Si Blas no puede cruzar la calle, debemos acercarnos a él. Cuantos jóvenes están afuera de nuestros templos aguardando al Jesús que vive en nosotros y nunca llega.
Sólo cuando Jesús entró en la vida de Zaqueo, este recién empezó a cambiar. No esperemos que sea al revés, no esperemos que sean perfectos para anunciarles a Cristo. No esperemos que lleguen a nuestras iglesias para cambiarlos. Salgamos, salgamos del templo, crucemos la calle. . .Porque el Hijo del Hombre ha venido a buscar y a salvar lo que se había perdido.

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